Remedios milagrosos y pensamiento mágico.

29 de abril de 2017

En el proceso de encontrar un tratamiento eficiente para la pérdida de peso, muchas personas experimentan con un sinfín de dietas que prometen resultados inmediatos o a un muy corto plazo, con el plus de no requerir de un gran esfuerzo, sino que su atractivo consiste en que funcionan muy fácilmente, casi como por arte de magia. Paradójicamente, la mayoría de quienes recurren a estos remedios, saben de antemano que el efecto rebote suele ser significativo, así como conocen, o al menos intuyen, los riesgos que una dieta milagrosa conlleva para su salud. Sin embargo, se enfrentan una y otra vez a la frustración brincando de un remedio a otro, sin conseguir el resultado esperado ni el mantenimiento de su peso ideal.

A pesar de ello, sigue siendo muy extendido el uso de este tipo de tratamientos para bajar de peso, con las consecuencias negativas que conllevan. Lo cual llama la atención, pues desde una perspectiva racional e informada, todos sabemos que no existen curas mágicas ni soluciones inmediatas, que de un solo golpe puedan modificar el resultado de toda una vida de hábitos incorrectos. Entendemos que si deseamos obtener resultados efectivos y duraderos, necesitamos hacer cambios radicales y permanentes en nuestro estilo de vida. Entonces, ¿por qué seguimos aspirando a dar con la piedra filosofal que de forma mágica acabe con el problema del sobrepeso?

Lo anterior lo podemos comprender si tomamos en cuenta la forma en que funciona la mente humana, la manera en que las personas tendemos a estar divididas y en contradicción interna, debido a que tenemos al mismo tiempo pensamientos lógicos y otros más bien irracionales. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, describió esta condición a partir de dos principios: el principio de realidad y el del placer; a lo largo de todo nuestro desarrollo ambos interactúan de manera que siempre existe un dinamismo dentro de la vida emocional de cada persona.

El principio de realidad es más evolucionado, aparece en forma más tardía e implica la posibilidad de aceptar nuestras limitaciones, así como las restricciones y frustraciones propias de la condición humana. Cuando podemos vernos a nosotros mismos en forma objetiva, con fortalezas y debilidades, cuando aceptamos que para conseguir un beneficio o para disfrutar de ciertas satisfacciones es necesario hacer un esfuerzo y tolerar la espera, estamos funcionando bajo este principio.

En cambio, el principio del placer es el que domina nuestra vida mental desde el principio del desarrollo, y permanece en cierta medida en etapas posteriores. Bajo esta forma de funcionamiento, esperamos que las cosas ocurran conforme a nuestros deseos y expectativas, nos tornamos poco dispuestos a aceptar frustraciones y anhelamos que en la vida todo sea fácil, rápido y agradable.

Podríamos decir que el pensamiento que se rige por el principio del placer es característico de la vida mental infantil, por esta razón los niños son más propensos a creer en la magia, en poderes supernaturales y cuentos de hadas. A los más pequeños les cuesta asimilar las restricciones que la realidad le impone a todo su mundo de fantasía, e incluso se obstinan en mantenerlo vigente pese a las evidencias.

En ciertas circunstancias a los adultos nos ocurre lo mismo, nos negamos a incorporar del todo el principio de realidad y nos aferramos a ciertas fantasías, como la de llegar a nuestro peso ideal sin hacer ejercicio ni renunciar a los malos hábitos de alimentación. Nos mostramos dispuestos a creer en la magia, es decir, en la promesa de perder muchos kilos en forma inmediata tomando tan solo una pastilla, comprando una faja o un aparato que nos ejercita sin tener que hacer esfuerzo.

Cuando actuamos de tal manera, dejamos de considerar lo que por otro lado nos ha enseñado la realidad: que las dietas milagrosas ocasionan una rápida pérdida de agua y masa muscular, pero no de grasa corporal, que al perder peso en forma tan súbita el organismo corre el riesgo de descompensarse al disminuir el suministro de vitaminas y minerales necesarios para su funcionamiento, y además, que el peso perdido se recupera rápidamente pues no se ha modificado realmente la forma de alimentarse, de modo que se desarrolle una buena nutrición.

Al iniciar cualquier tratamiento de pérdida de peso, es importante tomar en cuenta la forma en que estos dos principios interactúan para promover u obstaculizar el logro de la meta deseada. Veamos este proceso como una lucha interna entre dos formas de funcionar: una que es acorde a la realidad y está dispuesta a esforzarse por modificar lo que sea preciso, a tolerar la frustración y a seguir el proceso por el tiempo necesario; otra que desea cambios rápidos e incluso mágicos, que no toma en cuenta lo que la experiencia le ha demostrado y es poco tolerante. Si lo enfocamos de esta manera, estaremos mejor preparados para hacer frente a las dificultades que surgen cuando queremos cambiar nuestros hábitos y lograr un estilo de vida más saludable.

En el proceso de encontrar un tratamiento eficiente para la pérdida de peso, muchas personas experimentan con un sinfín de dietas que prometen resultados inmediatos o a un muy corto plazo, con el plus de no requerir de un gran esfuerzo, sino que su atractivo consiste en que funcionan muy fácilmente, casi como por arte de magia. Paradójicamente, la mayoría de quienes recurren a estos remedios, saben de antemano que el efecto rebote suele ser significativo, así como conocen, o al menos intuyen, los riesgos que una dieta milagrosa conlleva para su salud. Sin embargo, se enfrentan una y otra vez a la frustración brincando de un remedio a otro, sin conseguir el resultado esperado ni el mantenimiento de su peso ideal.

A pesar de ello, sigue siendo muy extendido el uso de este tipo de tratamientos para bajar de peso, con las consecuencias negativas que conllevan. Lo cual llama la atención, pues desde una perspectiva racional e informada, todos sabemos que no existen curas mágicas ni soluciones inmediatas, que de un solo golpe puedan modificar el resultado de toda una vida de hábitos incorrectos. Entendemos que si deseamos obtener resultados efectivos y duraderos, necesitamos hacer cambios radicales y permanentes en nuestro estilo de vida. Entonces, ¿por qué seguimos aspirando a dar con la piedra filosofal que de forma mágica acabe con el problema del sobrepeso?

Lo anterior lo podemos comprender si tomamos en cuenta la forma en que funciona la mente humana, la manera en que las personas tendemos a estar divididas y en contradicción interna, debido a que tenemos al mismo tiempo pensamientos lógicos y otros más bien irracionales. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, describió esta condición a partir de dos principios: el principio de realidad y el del placer; a lo largo de todo nuestro desarrollo ambos interactúan de manera que siempre existe un dinamismo dentro de la vida emocional de cada persona.

El principio de realidad es más evolucionado, aparece en forma más tardía e implica la posibilidad de aceptar nuestras limitaciones, así como las restricciones y frustraciones propias de la condición humana. Cuando podemos vernos a nosotros mismos en forma objetiva, con fortalezas y debilidades, cuando aceptamos que para conseguir un beneficio o para disfrutar de ciertas satisfacciones es necesario hacer un esfuerzo y tolerar la espera, estamos funcionando bajo este principio.

En cambio, el principio del placer es el que domina nuestra vida mental desde el principio del desarrollo, y permanece en cierta medida en etapas posteriores. Bajo esta forma de funcionamiento, esperamos que las cosas ocurran conforme a nuestros deseos y expectativas, nos tornamos poco dispuestos a aceptar frustraciones y anhelamos que en la vida todo sea fácil, rápido y agradable.

Podríamos decir que el pensamiento que se rige por el principio del placer es característico de la vida mental infantil, por esta razón los niños son más propensos a creer en la magia, en poderes supernaturales y cuentos de hadas. A los más pequeños les cuesta asimilar las restricciones que la realidad le impone a todo su mundo de fantasía, e incluso se obstinan en mantenerlo vigente pese a las evidencias.

En ciertas circunstancias a los adultos nos ocurre lo mismo, nos negamos a incorporar del todo el principio de realidad y nos aferramos a ciertas fantasías, como la de llegar a nuestro peso ideal sin hacer ejercicio ni renunciar a los malos hábitos de alimentación. Nos mostramos dispuestos a creer en la magia, es decir, en la promesa de perder muchos kilos en forma inmediata tomando tan solo una pastilla, comprando una faja o un aparato que nos ejercita sin tener que hacer esfuerzo.

Cuando actuamos de tal manera, dejamos de considerar lo que por otro lado nos ha enseñado la realidad: que las dietas milagrosas ocasionan una rápida pérdida de agua y masa muscular, pero no de grasa corporal, que al perder peso en forma tan súbita el organismo corre el riesgo de descompensarse al disminuir el suministro de vitaminas y minerales necesarios para su funcionamiento, y además, que el peso perdido se recupera rápidamente pues no se ha modificado realmente la forma de alimentarse, de modo que se desarrolle una buena nutrición.

Al iniciar cualquier tratamiento de pérdida de peso, es importante tomar en cuenta la forma en que estos dos principios interactúan para promover u obstaculizar el logro de la meta deseada. Veamos este proceso como una lucha interna entre dos formas de funcionar: una que es acorde a la realidad y está dispuesta a esforzarse por modificar lo que sea preciso, a tolerar la frustración y a seguir el proceso por el tiempo necesario; otra que desea cambios rápidos e incluso mágicos, que no toma en cuenta lo que la experiencia le ha demostrado y es poco tolerante. Si lo enfocamos de esta manera, estaremos mejor preparados para hacer frente a las dificultades que surgen cuando queremos cambiar nuestros hábitos y lograr un estilo de vida más saludable.

Imagen de Odoo y bloque de texto

Escrito por: Rosa María Buendía

Con quince años de experiencia en psicoterapia, está interesada en aplicar el psicoanálisis para ayudar a los pacientes a conocerse mejor, a comprender sus emociones y a mejorar sus vínculos.